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8 APELLIDOS VASCOS



Ayer fui con mi mujer al cine a ver "8 apellidos vascos", fuimos con tiempo, una media hora antes porque pensamos que nos encontraríamos con mucha gente, y así fue, nos pusimos los últimos en una larga cola. La película “8 apellidos vascos” se ha convertido en un acontecimiento social, todo el mundo quiere  verla, todos deseamos disfrutar de un rato de humor, pues  no hay nada como reírse de la torpeza de  uno mismo para abordar un problema y relativizar sus consecuencias. Aunque tenemos el sentido del ridículo bastante desarrollado, y el de la culpabilidad a flor de piel, esa risa que quiere mitigar lo ocurrido y confraternizar con la víctima  nos ayuda a aceptar nuestras limitaciones.  El reírnos de nosotros mismos supone reconocernos en un ejercicio de madurez, las limitaciones nos igualan y las justificamos sintiéndonos más humanos: "Eso le puede pasar a cualquiera, no tienes por qué sentirte culpable"...  "no lo ha hecho con mala leche, simplemente es  así, es su forma de ser", "anda que...( vaya tela...)".
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Ahora mismo, me encuentro en ese punto de desazón y voluntarismo , con un rictus personal  de pasmado, me tiembla el labio y sonrio con una nerviosa sonrisa enigmática, pues no me decido desde qué perspectiva abordar esta reseña sobre " 8 apellidos vascos". Creo que la definición más acertada para " 8 apellidos vascos" es la de españolada,  me recuerda a  las pelis protagonizadas por Alfredo Landa o Fenando Fernán Gómez, aquellas  comedias populares basadas en los tópicos más manidos, aquellas  que ridiculizaban de un modo mordaz las penurias vividas por el pueblerino en la capital; o lo contrario, caricaturizaban  las zalamerías  del señorito de ciudad, cegado por el palmito de la posadera, en un pueblo perdido de Segovia.

 Me impresionó  la asistencia de tanta gente al cine, es una alegría que haya estas colas, que el público vaya en masa a ver una película que se ha convertido en un acontecimiento cultural.   En estos tiempos de crisis, se impone  el  deseo colectivo de reírnos de nuestro modo de ser, de relativizarlo todo,  de abordar el problema de la identidad más relajadamente  e impulsar una mayor tolerancia respecto al diferente, ¿a qué nos han llevado las verdades absolutas? A hipotecarnos como garantía de futuro. Además,  creo que el nuevo tiempo político que vivimos en el País Vasco también ha propiciado abordar la cuestión identitaria desde  un planteamiento más divertido.  El conflicto no ha terminado pero hay un deseo mayoritario de que la convivencia y el respeto prevalezcan en la sociedad, una necesidad de  que todo ciudadano, por muy antagonistas que sean sus ideas en un determinado entorno,  pueda participar en la vida pública sin temor a ningún tipo de represalia. Hay un convencimiento cada vez más extendido de que tenemos que entendernos y respetarnos. Tras décadas de sufrimiento se impone la evidencia de que   el enemigo  no existe, es el vecino que simplemente opina de un modo diferente, no le conviene lo que impulsas y plantea otra gestión, no está obligado a compartir una ideas en las que no cree; tenemos que acabar con el principio de que estás conmigo o eres mi enemigo.

Yo no me veo retratado en la película, porque mi realidad es la del joven euskaldún (vascoparlante) de pueblo, que en la película aparece caricaturizado más allá de lo razonable, parece que a todos los euskaldunes que residimos en algún pueblo de la costa o del interior,  se nos puede engañar sin ninguna dificultad, y que el primero que llega puede manejarnos como quiere. Sé que la película está en clave de comedia, y que hay que aceptarla como tal,  pero resulta doloroso. Yo soy de Ondárroa y la juventud de mi pueblo no es  ni ingenua ni estúpida, la violencia que ha existido responde a otras premisas, que se analizan de un modo distinto desde dentro que desde fuera,  y que solamente pueden tener como respuesta un NO A LA VIOLENCIA. Únicamente desde el respeto al diferente, desde la compresión y  la aceptación del dolor ajeno podremos mirarnos a los ojos sin odio. El reto de  convivencia que tenemos en el País Vasco requiere del esfuerzo de todos, y son estos jóvenes, que tan zafiamente aparecen retratados en la película,  los protagonistas de un nuevo tiempo en el que cualquiera podrá aspirar sin temor a  sus legítimas reivindicaciones.




La película por otra parte,  muestra una realidad que apenas se menciona, la del choque generacional entre padres e hijos, en este caso entre el padre y la hija, que produce todo el enredo. Hay una ruptura en la transmisión  y en la adaptación de valores que  no se ajusta a la realidad. La chica  tiene que mentir a su padre, porque cree que nunca la podrá entender, y el padre  impone unos criterios personales desfasados sin  ningún sentido. Para mí la realidad que recogen los tópicos muestra la visión distorsionada  que de uno tiene el vecino, que todo lo andaluz se reduzca al tópico de la gomina, las palmas, y la afición al Betis, junto a una chistosidad desbordante se ajusta a la imagen externa, facilona del andaluz. Lo mismo que todo lo vasco se reduzca a un carácter rudo, visceral, parco en palabras y glotón, es sencillamente simple y falso.

En fin, "8 apellidos vascos" me recuerda a las pelis de Alfredo Landa, y Fernando Fernán Gómez, aquellas comedías que reflejaban en clave de humor la realidad de los años 60 y 70.  En esta peli aparece el joven sevillano que lo deja todo para desplazare a 1000 km de su tierra  tras un flechazo fugaz, el joven enamorado vivirá todo tipo de enredos en un pequeño pueblo de la costa vasca, donde  todos los tópicos que nos definen a los vascos se convierten en realidad. Personalmente viví una experiencia parecida hace treinta años, lo dejé todo para irme tras una hermosa sevillana que conocí en la mili, y mi experiencia me enseñó que más allá de las señas de identidad, que existen, son las diferencias de clase, las económicas, las que nos separan y nos convierten en intolerantes. Mi problema no era que no pronunciasen adecuadamente mi primer apellido, sino que no podía encontrar trabajo para establecerme e iniciar una nueva vida.

Aunque pueda parecer un desaborío, está claro que vivimos un tiempo de encuentro y  reconciliación en el País Vasco  que hay que impulsar porque nuestro futuro está en juego, en este proceso el humor y la ironía nos ayudan a relativizar nuestros planteamientos y ser participes de las aportaciones de quien no piensa como nosotros, porque vivimos juntos y tenemos unos intereses comunes.  Aunque la realidad está cambiando y comenzamos  a mirar con optimismo nuestro futuro,  la hostilidad hacía la juventud euskaldún (vascoparlante)  queda patente en la película porque   el Txomin Regatismo, la figura de Josetxu el Vasco con palestino o sin él, siempre ha sido y seguirá siendo humillante para nosotros (con la industrialización durante décadas  fue una de las principales causas de la ruptura de la transmisión del euskera dentro de la familia). A alguno le parecerá que me excedo, como si nunca hubiera visto  el programa de humor "Vaya semanita", o como si nunca hubiese oído decir: "Mi padre sabía euskara pero no me lo enseñó",  no, simplemente es una alegría  que tanta gente vaya en masa al cine, pero me molesta la imagen torpemente distorsionada  de la juventud euskaldún que aparece en "8 apellidos vascos", no me gusta que nos ridiculicen así.






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